jueves, 24 de enero de 2013

Favores y alcohol


Llegué al Seven Eleven que está por la casa a comprar un seis, había una camioneta enorme en el estacionamiento; adentro de ella una chica en el lugar del copiloto. Entré al super, me dirigí al refrigerador, ya no había Bohemias, fui a la caja, pregunté si tenían más, me dijeron que no, me resigné y regresé por el ocho de Tecate al refri. Pagué mis cervezas, iba a salir y, en eso, un tipo borrachísimo, con una bolsa de hielos, unas papas y un hot dog, pidió unos cigarros y me dijo, eit, espérate, ayúdame a abrir la puerta, pues no podía con todo lo que llevaba en su compra; se me cruzó por la cabeza decirle, ah, sí, ¿qué más quieres, puto?, pero como estaba grandote y borracho y con pinta de sicario, le sonreí y esperé a que terminara de pagar. Abrí la puerta, salió; la chica copiloto se estiró, abrió la puerta de la camionetota, un poco mal encarada, y se regresó a su lugar; el borracho me dijo, gracias, compa, me alivianaste machín, yo a unos metros de la camioneta. Ven, espérate; sacó dos Bohemias y me las dio. Fui feliz.
Ahora no sé qué pensar, ¿existe una especie de hermandad entre los borrachos, sólo tengo suerte, o si no le ayudaba a ese cabrón a abrir la puerta me hubiera matado?
No sé, ya estoy pedo.

F.
Enero 2013

jueves, 17 de enero de 2013

Tetonas sí, güeras no

—Ah, cómo se mira tierna aunque esté re mensa pa' bailar.
—Nah, no se ve tierna... se ve idiota.
—Ay, qué mamón. Por eso estás solo, güey.
—Sí. Tienes razón. Como quiera le brincan las tetas cuando se mueve así.
—Qué pendejo eres. Y yo diciendo que se mira tierna. No sabes apreciar, neta.
—Ya pues, ya no voy a decir nada de su morrita, quealcabo a mí ni me gustan güeras. Tetonas sí, güeras no.

Samantha Valenzuela
Invitada del Pornorteño
Enero de 2013

martes, 15 de enero de 2013

El polvo del Mercado del Norte


Fachada actual del Mercado del Norte
Hay algo especial en el aire del Mercado del Norte, una patina de raro esplendor, que tanto recuerda a la mugre proletaria, al vetusto vendedor y a la barata comezón sexosa.
Este rincón erosionado del Monterrey de hoy, lo conocí en mis andanzas lumpenuniversitarias.  Dibujaba en una revista política en los primeros años de este gadget de la historia que se conocerá como “el Siglo XXI” y en los locales de esta coyuntura oxidada encontré en muchas ocasiones el mitigo al hambre que no se halla en las mesas de un chabacano Sanborns.
Eran legendarios los menudos de a $10, base alimentaria del asalariado urbano y del pensionado que ha hecho del apetito un callo, que bien se refrenaba con una moneda que sigue ostentando el círculo de la Piedra del Sol.
“No gano, pero me divierto”, se leía en un cartel fuera de los Menudos de a $10; su dueño lo había puesto en un arranque de populista mercadotecnia, que al menos daba al cliente una pisca de humor antes del empance humilde.
Ahí mismo, sobre la calle Juan Nepomuceno Méndez, compiten hasta el día de hoy dos fonditas que ofrecen tanto caldos de res, menudo y tacos de barbacoa, que hoy demuestran cómo la inflación nos coge con ardor cada año.
Aquellos precios que recordaban a la bondad priista ahora se han ajustado a la realidad global en la que vivimos; los menudos de a $10 acabaron siendo de a $40, recordándonos la ironía de la que seremos testigos con cada gasolinazo que se avecina, petrificados ante un espectáculo que nos confirma que del plato a la boca se cae la sopa… y todo gracias a un absurdo de esos que no entendemos los jodidos: la economía.
Pero si por un lado la canasta básica se ha aburguesado para el regio de a pie, hay otras carnes que siguen floreciendo en los empantanados recovecos del Mercado del Norte.
“Dame diez pesos, Lomitas, pa’ hacer la cruz”. Del bolso guango de un varón entacuchado y moreno sale una moneda que despliega a Tonatiuh con la máscara de fuego. Al entregarle el efectivo, la gorda cincuentañera hace la señal de la cruz y mete los diez pesos al monedero sudoroso que vuelve a ocultar en su seno.
Según el entendido que me acompañaba, éste era un ritual que las ‘chavas’ hacían para que la suerte les cambiara durante la jornada. Al parecer ellas congeniaban con esa idea casi esotérica de que ‘dinero llama dinero’, porque varias veces vi ese espectáculo con otros transeúntes que pasaban por ese cruce de la calle Democracia y la prolongación de José Mariano Jiménez.
La variedad del placer que se conseguía en ese cuadrante del Barrio Sarabia era inversamente proporcional a la luz del día. Con la oscuridad llegaban más industriosas odaliscas (de todos los sexos) a invitarte al cuarto. Entre el mercadeo de nalgas se rifaban también vendedores de mota y borrachines que pedían un paro ‘pa’ completar el Tonayán’ haciendo de las mencionadas calles un hervidero de almas que viven al compás de este chingado neoliberalismo.
Había varias cantinas a las que se podía acudir antes de salir a tomar a la ‘ruca’ en cuestión: El Popeyes, La Fuente, El Nuevo Túnel, El charco de las ranas y otros de poca fama que terminaron por tragarse los zetillas hace unos años.
Un pisto siempre es necesario cuando las proveedoras de placer son más una odalisca de Botero mal dibujada que la encarnación de una obra de Tiziano. Estabas en el yonke de los congales, ahí iba a parar toda la basura cuarentañera que ya no le sirve al exitoso padrote, aunque de vez en vez también se veía husmear a uno que otro proxeneta venido en desgracia, que jugaba al eterno juego del explotado y el explotador con una achacosa sexoservidora.
Con todo y esto, el Mercado del Norte no puede encasillarse como un simple putero con fonditas y cantinas que adornan el viejo edificio que fuera el orgullo de los empresarios regios en los años treinta.
Hoy en día los nuevos emprendedores que abarrotan los locales ubicados detrás del viejo centro comercial  se aglomeran en un ‘corredor’ al que se le conoce como La Ranita, están conformados por cuartitos de 1.5m por 1.5m por 2.10m de alto, a ojo de buen cubero, mismos que se cierran con una cortina plegable de lámina.
Aquí los oferentes son más parecidos al personaje de Cri-Cri: ‘Ahí viene el Tlacuache, cargando un tambache, por todas las calles, de la gran ciudad’. Fierreros, ropavejeros, vendedores de objetos perdidos (peines, cidis de bronco, un palo de escoba, unos candelabros ojetísimos, películas porno en VHS, trapitos que alguna vez fueron prenda de vestir, un tenis nike y ese tipo de cosas que seguramente el dueño halló usando una huija),  sin olvidar a un viejo sastre ‘El Rápido’.
Se topa uno con cada eco anacrónico que nos demuestra cómo el pasado se convierte en una composta melancólica que igual podemos adquirir por precios de risa, ya que los vendedores son la prueba inequívoca de que a la vuelta de la jubilación está la pepena para muchos mexicanos.
De lo encantadoramente inútil está hecha la fascinación, un sueño húmedo para Almodóvar, un bunker de estantería onírica… el cuarto de utilería de Televisa se queda pendejo con lo fascinantemente real que es la jodidencia, la única que puede convertir lo andrajoso en pan, lo robado en virtud, la costra en lapislázuli.
Ahí me he encontrado libros únicos, verdaderas joyitas, al lado de una pegostiosa TvNotas. Sonatas de Beethoven, Red and Black (Sthendal en inglés ¡a huevo!), William Shakespeare: The Complete Works de la Oxford ¡papá!, toda la prosa del Allan Poe y cosillas así chidillas al mismo precio de unas papas Sabritas.
De todo lo que sigue ofreciendo el Mercado del Norte, nada se compara con todo ese revoltijo que conforma un poquito de lo que llaman pomposamente ‘regiomontano’. Aquí en esta escuadra urbana se la pelan las agencias turísticas: esto es Monterrey también, culeros, aunque les cueste aceptarlo.
De todo lo anterior antes de salir siempre paso por los localitos donde venden herramientas usadas o robadas. Pasillos que desembocan a Ave. Alfonso Reyes, en donde una callecita más arriba corta el cabello, al parecer, la única alma piadosa de este rincón apestoso de Monterrey. Siempre es bueno pasar por ahí, saludar, y si es necesario cortarse el pelo sin temor a infectarse con las herramientas de la humilde estilista, quien al final de tal faena le entrega a uno un folletito de ‘Cristo Salva’, hecho a dos tintas.
Con la pitonisa, acaba Usted el recorrido ‘dark tourism’ del Mercado del Norte. Dé gracias que sale a salvo.
  

César Aldo Kdavid Ramírez Jasso
Invitado del Pornorteño
Enero de 2013

martes, 11 de diciembre de 2012

Mary



Cuando el joven Manuel vio aquella construcción precaria con un anuncio descarapelado que decía “Café Mary” y se detuvo en la orilla de la carretera, agotado y decidido a comprar un café para combatir la somnolencia, nunca se imaginó que esa noche fría de diciembre perdería su virginidad.

J.S.
Diciembre de 2012

lunes, 10 de diciembre de 2012

Soneto Pornorteño I

Lamiste mi glande cuando me vine
mi recompensa por hacerte gemir
que te tragues los mecos me calienta
te pongo de perrito, te la meto.

Gimes, lloras, respiración cortada
tu coño húmedo moja mi verga
dentro-fuera dentro-fuera, contracción
placentera contracción, me desbordo.

Aprietas, aprisionas, acaricias,
exprimes sin piedad, abres, liberas,
salgo de ti, espero mi mamada.

Abres la boca, meto la reata
dulce placer, suculenta succión.
Ahora, flacidez y ganas de coca.


HR.
Diciembre  2012

viernes, 7 de diciembre de 2012

Diente por diente

–¿Cómo ve, pareja, dejamos ir a la ruca? –dijo un policía encapuchado.
     –Pos yo diría que sí, pero si no detenemos a alguien el comandante nos va a cagar –contestó otro policía que llevaba un paliacate con la figura de una calavera que le cubría la mitad del rostro, además de lentes oscuros.
     –Pos sí… pero… la ruca se chingó a estos dos zetones, deberíamos darle un premio y no meterla a la cárcel… Mejor le decimos al comandante que se escapó el asesino, que quizás era de los chapulines. Ya sabe, cosas de narcos.
     –No chingue, pareja. Bien sabe que el pinche comandante está con los zetones. Y pues, se va a enterar, de alguna manera se va a enterar.
     –¡Suéltenme, pues, pendejos! ¡Ya ni porque yo les estoy haciendo su trabajo! ¡Porque ustedes no pueden! ¡Les faltan huevos! –gritó una señora desde la parte de atrás de la patrulla, dónde se encontraba esposada.
     –Cállese, señora, no esté chingando, su vida está en juego –contestó uno de los policías.
     –¡¿Y, tú, crees que me importa la vida?! ¿Crees que algo me va a importar después de que estos dos cabrones, que ves ahí tirados, mataron a mis hijos?... A mí ya no me importa nada. Lo que quiero es morirme, pero antes tenía que chingarme a los que se chingaron a mis hijos.
     –¿Sus hijos? ¡Ah caray! Esto se oye interesante. Pareja, bájela de la patrulla.
     Mientras que el del paliacate cumplía la orden, el encapuchado encendió un cigarro.
     –A ver, madre, dígame cómo está eso de sus hijos, pero apúrele que ya no tarda en que lleguen los putos feos(1) y los pinches sorchos, y cuando lleguen ellos, nosotros ya no vamos a poder hacer nada por usted. Esos güeyes son bien culeros, sobretodo los pinches sorchos, esos güeyes só la andan violando.
     –A mis hijos los mataron estos putos –se separa de la patrulla y patea uno de los cuerpos que están tirados.
     –¿Por qué?
     –Pues porque los cabrones de mis hijos se pusieron a vender de esa chingadera. Yo les decía que no los quería en la casa mientras se dedicaran a eso, ya era suficiente verlos bien pedos y marihuanos como para que también tuviera que aguantar a dos delincuentes en mi casa. Los amenacé con denunciarlos, pero la verdad es que no pude hacerlo, eran mis hijos, ¿si entiende, verdad? Ahora me arrepiento, si los hubiera denunciado quizás aún estarían vivos… El caso es que un día les tiré su chingadera en la taza del baño, eran unas veinte bolsitas. Cuando se dieron cuenta de que les faltaba la droga se pusieron como locos, revolvieron todo su cuarto. Hasta que uno vino a preguntarme si no había visto las bolsitas. Cuando les dije lo que había hecho con ellas, comenzaron a temblar. “Jefa, no chingue, sabe lo que acaba de hacer, nos acaba de matar. Tenemos que vender esa madre y entregar la lana completa para mañana. Ahora, ¿cómo piensa que le vamos a hacer?” “Eso hubieran pensando cuando se metieron a vender esa cosa. ¿Para qué, a ver? Si los dos tenían su trabajo, no ganaban mucho pero era un trabajo decente.” “Mejor cállese, jefa, no le meto un putazo nomás porque es mi madre, que si no, ya la tendría tirada en el suelo.” “Atrévete, cabrón, y verás cómo te va a ir con tus tíos.” “Chingue su madre, a ver, saque su lana, porque si no, nos van a matar a la verga.” “Estás pendejo, yo no les voy a dar mi dinero”. Se fueron dando un portazo.
      «A los dos días, llegaron estos dos cabrones –vuelve a patear el cuerpo– y se los llevaron. Yo los conocía, eran amigos de mis muchachos desde que eran niños. Por eso me fue fácil encontrarlos. No se esperaban que una pinche ruca, como ellos me decían cuando gritaban que me fuera, que no había sido nada personal, que eran cosas del trabajo, que mis hijos bien sabían a lo que se habían metido. No se esperaban que esta pinche ruca trajera un cuete, que esta pinche ruca iba a dispararles, que esta pinche ruca venía dispuesta a todo, que esta pinche ruca iba a tener la fortuna de darle a uno en plena cara y al otro en la barriga. No sabían de lo que es capaz esta pinche ruca.
     «Así que si me van a meter en la cárcel, métanme, al cabo que no voy a vivir mucho tiempo, no quiero vivir más.
     –Todo lo que me dice ¿pasó en las Luisas, verdad?
     –Sí. De ahí soy.
     –Tenga –le entrega la pistola que le había quitado–. Aún anda uno suelto: el Güili. Usted lo ha de conocer. ¡Chíngueselo! ¡Chínguese a todos esos hijos de puta!
     –Sé dónde encontrarlo.


(1)Forma de decirle a los policías federales.


H. R.
7 de Diciembre 2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

Chingadamadre



Yo le dije al pendejo, ¿te acuerdas, cabrón?, le debí haber dicho como treinta veces esa noche que no mamara, que ya me dejara en paz, que andaba con un humor de la chingada, que si encontraba al hijo de su pinche madre que había embarazado a mi carnalilla, justo ahora, tres meses antes de su quinciaños, lo iba a picar con el fierro oxidado que uso como navaja, y hasta se lo enseñé y el pendejo entre carcajada y carcajada me dijo que para el puño era mejor usar cinta de aislar, de la negra, que cinta canela, porque es más gruesa y aguantadora y que así es más fácil sacar el fierro de la panza del cabrón al que se lo entierras, que con cinta canela corres el riesgo de cortarte la mano y que luego iba a andar como el sacaborrachos ese mítico del centro, el que dicen que tiene un chingamadral de cicatrices en las manos porque cuando se agarra a putazos y le sacan una navaja, el güey se le deja ir al cabrón armado y agarra el filo de la navaja, así, a mano pelona y que le valen pito las cortadas porque dice que es mejor que te chinguen una mano a que te entierren el fierro en la panza y te desangres ahí lentamente como puerco, o que te corten los güebos o qué sé yo.
     Pero el cabrón no entendía, hijo de la chingada, se seguía riendo y me decía que ya, que me calmara, que a todas las embarazan aquí en el barrio, que ni que fuera la primera; me preguntaba que si apoco creía que mi carnala era diferente nomás porque iba a los jodidos grupos de la iglesia, que seguro ahí era donde se la habían cogido y que seguro fue una experiencia religiosa pa’ todos los involucrados, “tener a tu carnala ahí en la posición del Cristo, con los bracitos abiertos, y no nada más los bracitos”, me dijo el pendejo y se volvió a cagar de la risa.
     Tú sabes, pinche Manuel, que yo aguanto el carro, pero ese día no sé, cabrón, no sé si era la piedra que habíamos desayunado, o si el diablo andaba suelto en la cuadra –porque ahora que recuerdo, ese mismo día fue cuando el güero, ¿te acuerdas de él?, el que vivía al lado de la tienda de doña Pelos, agarró a putazos a su morrillo porque le descompletó una caguama para comprar un gansito– pero se me subió la sangre a la cabeza luegoluego y, chingado, tú viste, güey, tú estuviste ahí, eres testigo de que le dije que ya estuvo, puto, pero el güey andaba muy pinche alegrito.
     Pero háblame, dime algo, dime que la cagué, ya sé que la cagué, no tendrías que decírmelo porque cuando llegue el Gallito y encuentre a este pendejo así como lo dejé, y pregunte que quién chingados hizo esto, y todos agachemos la cabeza, y todos ustedes –tú también, pinche Manuel, y no te culpo– tengan la cabeza un poco inclinada en mi dirección, y entienda que sí, que fui yo el que hizo todo el desmadre, el que hizo todo este tiradero, pos me las voy a ver más que negras y lo más seguro es que mañana ya no regreso y desde luego que nadie va a preguntar qué pedo conmigo.
     Chingadamadre, Manuel, chingadamadre.

J.S.
Diciembre 2012